«Actitud de servicio, humanidad y empatía». Una mirada al corazón de la Fundación Contigo Siempre
En el marco del semanario Iglesia en Córdoba, el artículo «Actitud de servicio, humanidad y empatía: las cualidades para acompañar» ofrece una ventana conmovedora y reveladora al alma de la Fundación Contigo Siempre de Cuidados Paliativos. Más que una entrevista, el texto es un testimonio vivo de la ternura cristiana encarnada en el acompañamiento a quienes transitan la etapa más delicada de la vida.
La Fundación, nacida en Córdoba como obra sin ánimo de lucro, se consagra al acompañamiento integral —humano, emocional, espiritual y social— de personas con enfermedades crónicas, degenerativas o terminales, así como de sus familias. Su labor, desplegada en domicilios y hospitales, se convierte en un ministerio silencioso de consuelo, presencia y esperanza.
Marisa Bonilla, que preside la Fundación, con voz serena y mirada profunda, nos recuerda que el verdadero acompañamiento no consiste en hacer, sino en estar. Estar con humildad, con respeto, con capacidad de escuchar los silencios del alma. Su definición del carisma del acompañante es una joya espiritual: “No es sentir lástima, sino padecer con el otro”. Esta compasión activa, que no dramatiza ni invade, se convierte en lenguaje común entre quienes se acercan al umbral de la vida eterna.
El artículo destaca que este servicio no nace del voluntarismo, sino de una vocación sembrada por Dios en el corazón. Es Él quien otorga la serenidad, la empatía, la paciencia, la capacidad de respetar los silencios y de hablar el idioma de quienes se preparan para partir. Es Él quien convierte cada gesto en sacramento de ternura.
El texto incorpora también la voz de algunos voluntarios, cuyas experiencias personales iluminan la hondura de esta misión. Como Josefina, médica de familia en el ámbito rural, quien reconoce que su llamada nació al contemplar el sufrimiento de quienes morían sin cuidados paliativos o en soledad. O Isabel, quien recuerda que la vida cristiana es servicio y este voluntariado no es otra cosa que “dar lo recibido”, en el cariño, el respeto, la humildad… Sus testimonios revelan además que el acompañamiento no solo sostiene al enfermo, sino también al cuidador, cuya fragilidad necesita ser atendida para que el amor pueda circular sin agotarse.
La Iglesia en Córdoba, al dar visibilidad a esta misión, no solo reconoce una obra ejemplar, sino que propone un modelo de presencia cristiana en el mundo: una Iglesia que acompaña, que consuela, que se hace prójimo en los umbrales del sufrimiento. Esta reseña es también un homenaje a todos los voluntarios que, como Marisa, Josefina, Isabel que han ofrecido aquí su testimonio, hacen de su tiempo un altar de misericordia.
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